Lucía, la vendedora de ilusiones – Parte II

Vendedora de Ilusiones - Parte II
Vendedora de Ilusiones – Parte II

Aun cuando mis sueños se han truncado, aun están ahí latentes, esperando el momento de empezar a construir por ellos. Se decía a sí mismo Manuel mientas terminaba de hacer el cierre de caja, hoy adelantado por el compromiso de su hermana Marcela.

Manuel siempre había soñado con llegar a ser piloto, su gran estatura, y sus buenas calificaciones, le habían dado la ilusión que podía ser apto para entrar en la fuerza aérea.

Pero fue aquella tarde del 15 de Abril, cuando los planes de todos tomaron rumbos desconocidos. Gonzalo, padre de Manuel, hacía un último recorrido en la ruta E45 de Transmilenio. Llevaba 15 horas conduciendo desde las 3 de la mañana, con apenas media hora para el almuerzo que Lucía le preparaba desde muy temprano.

Acostumbrado a estas largas jornadas, con una paga que no compensaba el estrés de manejar por las estrechas vías de la capital, Gonzalo se las arreglaba para tener siempre una sonrisa en su rostro, para consentir a su esposa e hijos, a pesar de que su sueldo apenas le alcanzaba para complementar con las ventas de la tienda, todos los gastos de la casa.

Aquella lluviosa tarde se había vuelto más complicada que otras, el tráfico no se movía, y cuando lo hacía, el ruido de las bocinas de los automóviles, sonaban desesperadas ante la quietud de una interminable cola de vehículos que impotentes trataban de llegar a sus hogares.

Cuando Gonzalo y su vehículo estaban detenidos en plena autopista norte, un pequeño dolor en su pecho empezó a hacerse perceptible. Gonzalo ya había sentido esta molestia, pero no le había hecho mucho caso, pues nunca había pasado a mayores, con un antiácido y un buen vaso de agua, el dolor se aminoraba y podía seguir con su jornada.

Pero esta vez el dolor empezó a ser más fuerte, a pasar como una corriente paralizante por su brazo izquierdo. Sus manos sudorosas, con una ansiedad que rayaba en la desesperación, el dolor fue tan intenso, que tuvo que dejar el bus a un lado de la vía, para pedir ayuda urgente a los pasajeros que con él viajaban.

Con la mirada extraviada, con una respiración cada vez más difícil, Gonzalo sentía cómo el dolor le traspasaba su pecho, pasaban por su mente Lucía y sus hijos; y en sus adentros pensaba que cómo podría ser posible que se fuera sin despedirse de ellos.

Una ambulancia llegó a los 15 minutos, mientras la ya interminable fila de carros se resignaba a una larga espera. Gonzalo recibió los primeros auxilios, pero ya el ataque cardiaco era inminente, sus signos vitales ya eran muy bajos. Los paramédicos tuvieron que trasladarlo rápidamente a la ambulancia, para hacerle los primeros procedimientos de reanimación, con un respirador artificial y un desfibrilador.

A las 5:15 Lucía recibió la llamada presurosa del supervisor de conductores, que le avisaba que su esposo había sufrido un infarto mientras conducía, y que ahora estaba rumbo a la Clínica Reina Sofía. Lucía sintió como si una daga hubiera sido clavada en su estómago, no acertó a hacer ninguna pregunta adicional, más que agradecer por haber avisado.

Sin atinar qué hacer, Lucía llama al celular de su hija Marcela para que la acompañe a la clínica, porque no conoce donde queda y a esa hora con tanto tráfico, se le complica mucho para llegar.

Marcelita, mija, me acaba de llamar un supervisor del trabajo de Gonzalo, y me dice que su papá sufrió un ataque cardiaco. Le dijo sollozando Lucía a su hija.

¿Cómo así? – dijo Marcela – ¿Dónde fue?  ¿Cómo se encuentra?

En la clínica Reina Sofía, acompáñeme mijita, vamos a verlo – le dijo Lucía con la voz entrecortada por las lágrimas.

Con gran afán tomaron el primer bus que las llevaría hasta la estación más temprana de Transmilenio, que las transportaría por toda la autopista norte, hasta la clínica donde Gonzalo se debatía entre la vida y la muerte.

Aun con el tráfico pesado, les tomó un poco más de una hora llegar a la clínica. Lucía y su hija, con sus ojos aun con lágrimas por la noticia, buscaron desesperadamente ante la mirada impávida de los cientos de pacientes, una recepcionista que les diera noticias de su esposo y padre.

Señorita, venimos buscando a Gonzalo Martínez, mi esposo, es conductor de bus, y nos dijeron que había sufrido un ataque. – Le dijo Lucía a la recepcionista de tez morena, que atendía sin mucho afán.

Humm, espere un momento señora. – Le dijo la recepcionista mientras tecleaba con un par de dedos, buscando en sus registros el nombre del esposo de Lucía.

Sí señora, don Gonzalo, en estos momentos se encuentra en cuidados intensivos. – Continuó diciendo la recepcionista.

¿Lo podemos ver señorita?  Le interrumpió Marcela, esperando cualquier noticia de su padre.

No mi niña, está muy grave. Los médicos están pendientes de él, y les estarán avisando su evolución. – Le respondió la recepcionista a Marcela.

¿Pero si se salvará?  – Preguntó Lucía con una mirada triste.

Mi señora, en estos casos no sabemos, fue un ataque muy fuerte. Sólo resta rezar y esperar a ver cómo evoluciona. – Les dijo la recepcionista con tono consolador.

Agobiadas las dos mujeres se alejaron lentamente de la recepción, dando gracias por la atención brindada.

Siendo las 3 de la mañana, el debilitado corazón de Gonzalo se dio por vencido. Los médicos trataron de reanimarlo por 1 hora, pero no lograron que volviera a la vida.

Gonzalo sintió cómo se liberaba de un gran peso, que se elevaba de su cuerpo yerto, mirando alrededor el ajetreo de médicos y enfermeras tratando de reanimarlo.

Atinó a ver a Marcela y Lucía, que observaban desde afuera como los médicos desesperados trataban de darle un nuevo impulso al corazón de Gonzalo. Sintió tristeza por tener que dejar a su familia, pero el gran amor que empezó a sentir desde aquel momento, lo fue alejando de esta realidad, para llegar a un mundo en el que él siempre creyó.

A Manuel aún le viene a su cabeza esos horribles recuerdos, pero hoy están festejando la alegría de la vida, la llegada de un nuevo integrante de la familia, que viene a colmar esa tristeza que Gonzalo les dejó.

Apresúrate Manuel – Le dijo Lucía a su hijo – Tenemos que estar antes de la ocho en la casa para recibir a Marcelita.

 

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Parte VI
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