Lucía, la vendedora de ilusiones – Parte VII

En los momentos más difíciles de su vida, Lucía siempre tuvo la entereza de levantarse, limpiar el polvo de sus rodillas y seguir con la frente en alto.

Por la época en la que perdió a su esposo, su mundo parecía que se hubiera venido abajo, todo aquello que era parte de su felicidad se estaba desvaneciendo, sus hijos eran la fuerza que le daban ánimo para continuar luchando.

La casa de Lucía había sido una herencia de los padres de Gonzalo, su difunto esposo, aunque pequeña, era suficiente para ella y sus tres hijos. Sin embargo no dejaba de tener sus problemas, alguna vez las viejas tuberías de cincuenta años de antiguedad, empezaron a agrietarse, filtrando humedad al piso y las paredes. El moho salía por doquier, la ropa parecía siempre estar húmeda, y salía blanca de los hongos que pululaban en cualquier rincón de la casa. Fue desde ahí que empezó el  problema de asma de Luisito.

Empezó como una simple alergía, una gripa constante, un lloriqueo continuo sobre todo en las frías horas de la mañana. Luego esa afección fue poco a poco convirtiéndose en un cuadro de asma severo, que no dejaba respirar con tranquilidad a Luisito, y peor aun, causándole ataques en cualquier momento del día.

El poder económico de la familia cayó obstensiblemente luego de la partida de  Gonzalo, Lucía tuvo que limitar mucho sus gastos, cambiar de colegio a Luisitio y que Manuel tuviera que abandonar temporalmente sus estudios, mientras ayudaba a su madre.

Poco a poco se le fue haciendo más difícil solucionar los graves problemas de humedad de la casa, que implicaban levantar la mayoría de los pisos de la casa, cambiar todas las tuberías y volver a instalar pisos nuevos.

Lucía se sentía desesperada, su situación económica no era la mejor, su esposo ya no estaba con ella, sus hijos tenían que desmejorar su educación, su hija Marcela se había ido a vivir con un muchacho llamado Iván, y la salud de Luisito se desmejoraba cada vez más con su grave problema respiratorio.

Durante noches enteras, Lucía se desvelaba pensando cómo podría solucionar sus problemas, a quién podría pedirle prestado el dinero para arreglar la casa, cómo podría hacer para tener más ingresos y sostener mejor a su familia.

Se la veía meditabunda, pensativa, sin la alegre sonrisa que la caracterizaba. Se sentía en una gran encrucijada, no sabía cómo salir de ese laberinto, sentía que cada vez caía más en un oscuro abismo.

Lucita – Le decía Raquel, una amiga del barrio – No me gusta verte así ¿qué te pasa?

Tengo tantos problemas en mi cabeza Raquelita – Le respondió Lucía con un fuerte suspiro

Amiga, te vas a enfermar de tanta pensadera -Siguió diciendo Raquel –  Trata de relajarte y poner toda tu fe en Dios para salir de todas estas dificultades.

No sé en qué pensar amiga – Le respondió Lucía – creo que Dios me ha abandonado, sólo ha venido a poner tristeza y desgracias.

Entiendo todo lo que estas pasando Lucita – Le dijo Raquel – la vida siempre es una montaña rusa, a veces estamos arriba, felices, no nos cambiamos por nadie, pero a veces estamos abajo, con tristezas, llanto, y queremos que todo se acabe.

Tienes que poner todo en manos de Dios – Siguió diciendo Raquel – Sólo en El vas a encontrar la enteresa y el sabiduría para resolver tus problemas.

Para ti es fácil decirlo Raquelita – Le replicó Lucía – Tienes tus cosas, tu esposo tiene un buen trabajo, y tus hijos ya están casi en la universidad.

Ahora estoy bien, mi querida amiga – Le dijo con un toque de ironía Raquel – Pero tú no sabes todos los momentos agridulces que he tenido que pasar en mi vida, te sorprenderías todo lo que he tenido que soportar.

Con lágrimas en los ojos, Lucía abrazó con fuerza a su amiga, buscando un poco de consuelo con alguien, ese apoyo que ahora tanto necesitaba.

Querida amiga – Dijo Raquel, conmovida por la tristeza que sintió en el abrazo de Lucía –  si quieres puedes reunirte con nuestro grupo de amigos, para orar al Señor, vas a sentir cómo liberas tus penas y tus cargas.

No tengo ánimos de salir – Le respondió Lucía –  Siempre salgo tarde de la tienda, tengo que hacer los quehaceres en la casa, y termino rendida.

Saca un poco de tu tiempo para Dios – Siguió diciendo Raquel – y sentirás como empiezas a sentir mayor tranquilidad y amor en tu vida.

Hoy nos reuniremos en mi casa a eso de las 8 PM, si quieres venir, te esperamos con los brazos abiertos – Le terminó de decir Raquel, mientras iba saliendo de la tienda.

Gracias amiga, déjame pensarlo y si alcanzo voy – Amablemente le dijo Lucia, despidiéndose de Raquel.

Mientras esto ocurría, entraba Manuel a la tienda, luego de dejar un domicilio. Viendo a su mamá tan triste, y con los ojos hinchados de llorar, le pregunta preocupado:

Mamita, porqué estás así – Le dijo Manuel acercándose a consolar a su madre.

No mijo, no te preocupes – Le respondió Lucía – Cosas de mujeres, una que a veces se pone sentimental.

¿Qué te dijo doña Raquel? que la vi salir también preocupada – Le preguntó Manuel a su madre.

Nada mi amor – Siguió insistiendo Lucía – sólo estábamos hablando de su grupo de oración, que me invitaba si quería.

Tranquila mami, ve a la reunión – Le dijo Manuel a Lucía – que yo te cubro acá en la tienda, no te preocupes, sé que salir te va a hacer muy bien.

¿Estás seguro mijo?  ¿No tienes planes esta noche?  – Interrogó Lucía a Manuel.

No te preocupes mami, ve a la reunión sin preocuparate – finalmente sentenció Manuel.

Gracias mijo, usted siempre siendo todo un caballero y buen hijo – Le dijo Lucía a Manuel mientras le daba un beso en la frente.

Aun cuando no estaba segura de asistir a la reunión, porque a pesar de que Lucía era devota, no era una asidua asistente a misas u otros oficios religiosos.

A eso de las 7:30 PM, estando atareada Lucía con un numeroso grupo de clientes que habían llegado a la tienda, y con la reunión ya casi echada al olvido, empieza a sentir como que alguien la llama, como si alguien le estuviera pidiendo su atención. Es algo que no logra entender, es como si una voz le dijera: Lucía ¿no se te olvida algo?

Manuel, consciente que su madre necesitaba tener otros aires,y reunirse con otras personas, la conmina a salir a la cita.

Mami, ya puedes irte, yo me encargo de todo – Le exclamó Manuel.

Pero mijo, hay mucha gente – Le respondió Lucía – no te puedo dejar solo.

No te preocupes, yo me puedo defender solo – Le replicó Manuel a Lucía.

Bueno mi vida – Le dijo Lucía, mientras se quitaba su delantal – Si llegas a tener algún problema, me llamas de una.

Claro que si mami – Le terminó de decir Manuel – Que te vaya muy bien.

Presurosa Lucía salió de la tienda con rumbo al casa de Raquel, un poco ansiosa y temerosa porque iría a una reunión con gente desconocida.

Apenas entró Lucía a la casa de Raquel, recibió un saludo y un abrazo muy cordiales de todos los invitados, se sentía la cordialidad y hermandad de todos los que estaban dispuestos a orar por Lucía.

Estamos tan contentos que estés hoy aquí con nosotros Lucía – Le dijo  Raquel a su amiga – Hoy seguro que vas a empezar una nueva vida.

Si, hoy vas a sentir más que nunca – Siguió diciendo Raquel – que el Señor Jesús, empieza a ser parte, base y sosten de toda tu vida.

Emocionada Lucía con tanta amabilidad y cordialidad que se respiraba, sentía que había algo en ella que estaba empezando a obrar.

Luego que los amigos de Raquel hicieron una oración de agradecimiento, Raquel se levantó de su silla.

Lucía, ahora tú vas a empezara a hablar con Jesús – mirando fijamente a Lucía con don de mando – expresándole lo que sientes, tus pena y congojas, esa va a ser tu oración.

Ehhhh, Raquelita – Le respondio inmediatamente Lucía – Yo no sé hablar en público, las palabras no me salen con fluidez, tal vez para una próxima oportunidad ya le hago.

Lucita, nosotros no somos tu público – Le dijo Raquel – estamos aquí porque vamos a apoyar tu oración, haz de cuenta que estás hablando con tu padre, con respeto, con agradecimiento y con tus plegarias.

Bueno, voy a tratar de hacer mi mejor esfuerzo – Dijo Lucía.

Mientras más y más palabras iban saliendo de su boca, más se iluminaba el rostro de Lucía, haciendo una oración que rezaba más o menos así:

«Señor, aun en los momentos de dificultad,
cuando pareciera que las plegarias cayeron en oídos sordos,
aún guardo mi fe en ti, Señor.

Aun cuando los sinsabores,
parecieran que ratificaran mis temores,
mi confianza en ti se mantiene, Señor.Aun cuando a veces la duda se fortalece,desfalleciendo mi espíritu,
arropando solo la desesperanza con su oscuro manto,
mi corazón aguarda tus bendiciones, Señor.

Tal vez no sea digno de recibir tus favores,
tal vez mis errores y pecados hayan socavado tu paciencia Señor,
pero vengo ante tu presencia,
creyendo que aún puedo tener redención,
que podemos pedir tu indulgencia como hijos desolados y arrepentidos, Señor.

Reconociendo que tu sacrificio en la cruz, nos abrió las puerta del Padre, Señor.
que eres el puente hacia nuestro Creador.

Por eso, hoy más que nunca, te invitamos a nuestro hogar Señor.
Pasa, aunque no seamos dignos de tu visita Señor.
Tú nos seguirás fortaleciendo en la fe, para afrontar las dificultades Señor Jesús,
para vencer las dudas, para no caer en las tentaciones de la vida, Señor.

Queremos seguir en pie de lucha contigo al frente Señor,
con la certeza que cuidas de nosotros.
Que con tu guía, amor y ayuda, Maestro Jesús,
lograremos las metas que nos hemos propuesto.

Si aún perdiera la fe en ti Señor,
volvería a perder los motivos de vivir.
Esa luz, esa tranquilidad que sólo en ti Señor puedo hallar,
aún en los momentos de mayor tristeza y desconsuelo.

Queremos seguir sintiendo tu presencia en nuestra vida, Jesús,
actuar según tu guía como personas y servidores públicos,
siendo modelo de vida para nuestra familia y allegados,
capaces de crecer sobre los errores, Señor,
con la certeza de acoger tu voluntad,
como parte de nuestra comunión contigo Señor Jesús.

Recibe nuestros agradecimientos por nuestros dones recibidos, Señor,
por nuestra salud y la de nuestra familia,
por todas las bendiciones que recibimos día a día,
concédenos sabiduría y buen juicio en nuestro actuar, Señor,
todo el resto llegará por demás a nuestra vida,
porque en ti Señor aguardan nuestras esperanzas,
nuestras plegarias y nuestros sueños.

Padre creador, Hijo redentor, Santo Espíritu dador de vida,
dejamos en tus manos este día que iniciamos,
esta noche que nos arropa,
para que sean ustedes nuestro camino, luz y guía.

Amén».

Al terminar su oración Lucía, sentía cómo una fuerza vital estaba empezando a entrar en su cuerpo, llenándola de alegría, una alegría que nunca la había sentido en su vida.

Fue desde este primer momento, esta experiencia tan enriquecedora para su espíritu, que a pesar de los problemas, Lucía volvía a tener esa alegría que tanto conocían sus clientes.

Toda esa alegría que reflejaba en su rostro, fruto de algo divino que empezaba a florecer en su interior, que también empezó a redundar en más clientes y ventas en su tienda.

Poco a poco Lucía dejó de lado su gran tristeza, ahora sólo estaba con su mente enfocada en cómo sacar a su familia adelante, en cómo crecer su negocio.

No pasó mucho tiempo para que Lucía, pudiera empezar la obra de cambio de tuberías. Desaparecida la humedad, la salud de Luisitio mejoró mucho, ya no se le veía cansado y con grandes ojeras.

Sus hijos, comprensivos por la situación de su madre, tomaron con resignación los cambios en su educación, sabiendo adaptarse a una circunstancia que su madre no podía evitar.

Con el tiempo, Lucía siguió asistiendo con puntualidad a las reuniones del grupo de oración, teniendo una participación muy activa, descubriendo cada vez más el toque de Dios en su vida, compartiéndolo y dando testimonio, a más personas que como ella, no saben cómo salir de las graves crisis que puede traer el devenir de la vida.

Serían después algunos eventos sobrenaturales, los que empezaron a mostrarle dones especiales que Lucía tenía en la parte espiritual, que serían de gran ayuda para muchas personas con graves problemas emocionales.

Continuará …

Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV
Parte V
Parte VI

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